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Venecia: la nueva película de Danny Boyle sobre el nacimiento del sensacionalismo periodístico

Ink, el filme del director de Trainspotting, retrata con energía el ascenso de Rupert Murdoch y el cambio radical en la prensa británica de los años 60 y 70. Una crítica vibrante desde el Festival de Venecia.

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Ink: Danny Boyle filma los orígenes del imperio Murdoch para Netflix
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La sala se apagó y, por un segundo, dos mil personas dejaron de mirar el celular: eso, hoy, ya es un milagro. En el Festival de Venecia, la nueva película de Danny Boyle provocó exactamente esa clase de silencio atento antes de estallar en aplausos. Ink es un torbellino narrativo que cuenta el nacimiento del periodismo sensacionalista moderno a través de la llegada de Rupert Murdoch a Londres.

La historia arranca cuando el joven magnate australiano (encarnado por un Guy Pearce filoso y magnético) baja del barco y le roba al Daily Mirror a su estrella Larry Lamb (Jack O’Connell en estado de gracia). Lo que sigue es una crónica frenética de cómo dos hombres ambiciosos transformaron Fleet Street y, de paso, la forma en que el público consume información. Boyle filma con la misma urgencia que sus personajes imprimen: planos nerviosos, montaje vertiginoso y una banda sonora que no da respiro.

Hay una escena preciosa en la que Murdoch y Lamb se agachan en el pavimento de Fleet Street para sentir el temblor de las rotativas subterráneas. Ese rumor subterráneo funciona como metáfora perfecta de lo que viene: una máquina imparable que va a cambiar todo. La película no se limita a contar una anécdota de la prensa británica; es un espejo de nuestra época de clics, fake news y algoritmos que premian lo escandaloso.

Boyle, que ya demostró en Slumdog Millionaire y Steve Jobs su capacidad para convertir biografías en espectáculos, aquí se divierte como nunca. Ink es rip-roaring, como dice la crítica original: un torbellino que divierte, indigna y hace pensar al mismo tiempo. Pearce compone un Murdoch carismático y peligroso; O’Connell entrega a un Lamb ambicioso y contradictorio. El resto del elenco, con apariciones de figuras históricas del periodismo británico, completa un retrato coral de una industria en plena mutación.

La película no idealiza ni demoniza: muestra cómo el sensacionalismo resolvió un problema real (conectar con lectores hartos del periodismo estirado) pero también abrió la puerta a excesos que seguimos pagando hoy. Es, en ese sentido, una película profundamente actual aunque esté ambientada en los años 60 y 70.

Vamos por partes: si buscás un drama pausado y reflexivo, Ink no es tu película. Si querés cine que te agarre de la solapa, te haga reír, te haga enojar y te deje pensando en cómo llegamos a la era de la posverdad, entonces sí. Boyle vuelve a demostrar que sigue siendo uno de los directores más vitales del cine anglosajón. Dicho esto, seamos justos: Ink no es perfecta. En su afán de velocidad a veces sacrifica matices y algunos personajes quedan como bocetos. Pero esa imperfección forma parte de su encanto. Es un filme hecho con la misma energía desbocada que critica. Y eso, en el fondo, es coherente.

¿Vale la espera? Absolutamente. Cuando llegue a salas y plataformas, Ink va a dar que hablar. Porque el monstruo de las rotativas sigue rugiendo, solo que ahora lo hace dentro de nuestros celulares.

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