Bitter Christmas: Almodóvar regresa a la metaficción con una crónica reconfortante de su propio proceso
En su última película, Pedro Almodóvar vuelve a explorarse a sí mismo a través de una compleja muñeca rusa de perspectivas. Bitter Christmas no es su obra más profunda, pero funciona como un cálido refugio para quienes aman su universo.
Pedro Almodóvar ha entrado de lleno en su etapa tardía y, como era previsible, lo hace volviendo al pozo de la metaficción. Bitter Christmas es una película ambiciosa en su estructura que analiza el proceso creativo con un personaje que se parece sospechosamente a él mismo. No será la favorita de nadie en su filmografía, pero ofrece placeres simples y, sobre todo, se siente como la más almodovariana de todas.
Desde La flor de mi secreto (1995) hasta Dolor y gloria (2019), el director manchego ha vuelto una y otra vez sobre la autoficción como forma de examinar cómo se construye una obra. Esta nueva entrega no aporta una perspectiva radicalmente nueva que justifique regresar al mismo terreno, pero convierte esa familiaridad en un consuelo extraño. Ver a un maestro desarmando su propia rutina de escritura resulta, paradójicamente, reconfortante, incluso cuando la película no deja de tirar de la alfombra para revelar otra capa.
La historia salta entre 2004 y 2025. En el primer tramo conocemos a Elsa (Bárbara Lennie), una directora semirretirada que ingresa a un hospital por una migraña debilitante. El guiño es inmediato: Elsa es un avatar de Almodóvar. La habitación a la que la asignan aparece en una de sus propias películas; ella pide cambiarse porque en la ficción el personaje que ocupaba esa cama moría. Pronto se descubre que sufre ataques de pánico y que arrastra un duelo no resuelto por la muerte de su madre. El reencuentro con dos amigas —una interpretada por Victoria Luengo y otra por Melena Smit— termina rompiendo su bloqueo creativo. Sus historias, dolorosas y cotidianas, alimentan el guion de su próximo proyecto.
Ese proyecto es, claro, la película dentro de la película: un melodrama escrito con deliberado desorden por Raúl (Leonardo Sbaraglia), otro alter ego más directo del director. Aquí es donde Bitter Christmas puede poner a prueba la paciencia del espectador. El tramo central dramatiza un guion que parece mal estructurado y narrativamente poco cocido. Almodóvar se pone a sí mismo contra las cuerdas y cuestiona la responsabilidad del director que incorpora las vidas ajenas a su autoficción, aunque esa autocrítica llega bastante tarde.
Durante la mayor parte del metraje, el film-dentro-del-film se presenta casi sin interrupciones, como un melodrama sirkiano contemporáneo. Hay interludios de strippers masculinos, canciones de Chavela Vargas y saltos temporales abruptos. Todo da la sensación de estar viendo un primer borrador filmado. Y sin embargo, ahí radica parte de su encanto: ver un borrador desprolijo de Almodóvar sigue siendo más interesante que el producto terminado de la mayoría de los directores.
El tercer acto intenta unir ambas líneas y ofrecer una reflexión sobre la responsabilidad artística. Funciona mejor como sátira divertida de un director irresponsable que como revelación profunda. La película parece construida para justificar cada una de las quejas que le lanza su ex asistente (Aitana Sánchez-Gijón). Quizás por eso Bitter Christmas termina siendo más un “comfort movie” almodovariano que una continuación furibunda de sus exploraciones sobre el arte.
Con su ligereza deliberada y su estructura de muñeca rusa, la película no alcanza la potencia emocional de sus grandes obras sobre el mismo tema. Pero incluso cuando Almodóvar elige contar la historia menos imaginativa y más familiar posible, sigue entregando placeres de superficie que pocos cineastas pueden igualar. Su estilo tardío puede vivir a la sombra de antiguas glorias, pero sigue luciendo bastante mejor que el de la mayoría de sus contemporáneos.
La película se estrena en salas del Reino Unido el 28 de agosto de 2026 y llegará a Estados Unidos el 13 de noviembre del mismo año. Para los que llevamos décadas siguiendo su obra, Bitter Christmas es un regalo imperfecto pero hogareño: un rato más en el living de un creador que, aunque ya no nos sorprenda como antes, todavía sabe cómo hacernos sentir en casa.